por David Haase
Porque al hombre que le agrada, Dios le da sabiduría y ciencia y gozo, mas al pecador da trabajo, el que allegue y amontone, para que dé al que agrada á Dios. También esto es vanidad y aflicción de espíritu.
La rutina era siempre igual:
Levantarme cada día a la misma hora. Llenar la cafetera de agua para que el café estuviera listo después de mi ducha. Sacar a la perra y darle de comer era algo que me parecía un fastidio; a veces me exasperaba cuando ella se paraba en la puerta quejáandose. Luego, tomar la medicina que me había recetado el médico. Estaba cansado de tomarla. En ocasiones sentí que debía dejar de hacerlo.
Me había convertido en una criatura de costumbres, haciendo lo mismo y en la misma secuencia cada día. A veces sentía que esto era una carga. El disfrute de la vida había desaparecido. ¿Estaba persiguiendo al viento?
Sin embargo, yo elegí a mi perra; esa perra no me eligió a mí. Y también sabía que el médico intentaba mantenerme sano.
¿Por qué estaba enfadado? ¿Por qué me estaba dando por vencido o volviéndome egocéntrico?
Puede ser que me levanté apurado, dejando a Dios fuera del comienzo de mi día. Su don de bendiciones se convirtió en un trabajo tedioso cuando descuidé ponerlo a él primero.
Un cambio sencillo, pasar tiempo con Dios a primera hora cada mañana, me permitió cambiar mi actitud y mi día. Mi rutina sigue siendo la misma. Y gracias a Dios, ¡yo ya no lo soy!
¿Estoy persiguiendo al viento? ¿Qué pasos puedo tomar para mejorar mi actitud sobre mi vida?
Dios bondadoso y amoroso, dame la fuerza para despertar cada día contigo en mi corazón y en mi mente. Que el Espíritu Santo me guíe a lo largo del día con la tarea de amar. En el nombre de Jesús oro, ¡Amén!