por Katelyn Molloy
Y comieron todos, y se hartaron; y alzaron lo que sobró de los pedazos, doce cestas llenas. Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin las mujeres y los niños.
Este día, imagina conmigo….
Estás sentado en una ladera, escuchando a Jesús. La gente trae a sus amigos y familiares enfermos, y Jesús los sana. Comienza a hablar. Te sientas lo más cerca posible de él, ansioso por escuchar sus historias. La multitud está pendiente de cada palabra.
El tiempo pasa muy rápido. Cuando el sol empieza a ponerse, los discípulos se acercan a Jesús y le susurran algo al oído. Te esfuerzas por escuchar lo que le dicen.
“No es necesario que se vayan”, dice Jesús. “Denles algo de comer”.
Ves a tu alrededor, y te das cuenta de la cantidad de gente que hay. La multitud se extiende hasta donde alcanza tu mirada. Tu estómago gruñe. Ha pasado mucho tiempo desde el desayuno.
“Sólo tenemos cinco panes y dos peces”, explica un discípulo.
“Tráiganmelos”, dice Jesús.
Antes de que lo sepas, Jesús bendice la comida y empieza a repartirla. Pronto llega una comida deliciosa. Comes un poco y la pasas a los que están detrás.
Él realmente debe ser el Hijo de Dios, reflexionas. Entonces sonríes hacia el cielo y le das las gracias a Dios por haber enviado a su Hijo y por preocuparse incluso de tus necesidades más pequeñas.
¿Cómo se ha ocupado Dios de mis necesidades básicas esta semana?
Amado Dios, gracias por ser un Dios personal y por preocuparte incluso por mis necesidades más pequeñas. Gracias por proporcionar más que suficiente gracia y salvación para todos. En el nombre de tu Hijo Jesús oro, Amén.