por Beatrice Jean-Baptiste
Y aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre: pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.
Lloré como un bebé cuando mi mejor amiga se mudó a otra ciudad.
Aunque estaba feliz de que su familia hubiera encontrado una oportunidad increíble, me entristecía no poder pasar por su casa y verlos con la misma frecuencia.
Ambas nos habíamos mudado a la misma ciudad hacía algunos años para asistir a la escuela de posgrado. En ese pueblo nos graduamos, nos casamos y nos convertimos en madres. Habíamos celebrado muchos hitos juntos y ahora ella y su familia se iban. Decir adiós fue difícil.
En Juan 16, Jesús se despide de sus buenos amigos.
Sólo puedo imaginar la carga emocional que tuvo esa escena para todos ellos. Los discípulos habían pasado años cultivando una amistad con el Salvador del mundo, y ahora Él los estaba dejando atrás. Sus corazones estaban tristes. Quizás incluso lloraron.
En ese momento, Jesús les hizo saber que su partida les causaría pena y tristeza. A pesar de esto, su dolor no duraría para siempre porque un día se reunirían con Él y su dolor se convertiría en gozo.
Esta misma promesa es para nosotros.
Jesús promete un gozo indescriptible a sus discípulos. Nos insta a orar, pidiéndole los deseos de nuestro corazón y confiando en que Él responderá porque anhela llenar nuestras vidas con gozo celestial.
¿Cuál es el adiós más difícil que he tenido que decir? En un mundo lleno de despedidas, ¿cómo puedo llenarme de alegría celestial?
Precioso Señor, por favor bendice mis oraciones. Que cada petición que haga sea aquella que Te permita llenarme de alegría. En el nombre de Jesús oro siempre, Amén.