por Brenda Kis
Amados hermanos míos, no erréis. Toda buena dádiva y todo don perfecto es de lo alto, que desciende del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. El, de su voluntad nos ha engendrado por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.
Bonnie acababa de despedirse de su inquilino cuando un amigo le informó de alguien que buscaba una vivienda.
“Esperaré a que ella me hable porque necesito estar sola por un tiempo”, pensó Bonnie.
Luego, otra amiga le contó sobre la misma persona que buscaba desesperadamente un lugar para vivir.
“No es mi problema”, reflexionó Bonnie. “No la voy a buscar”.
Pero no podía olvidar la necesidad de esa mujer.
Finalmente, desafió a Dios. “Si me la pones cara a cara la invitaré a que venga a vivir conmigo”.
“Estoy libre de culpa ahora”, pensó. “¡Casi nunca veo a esta mujer!”
¡Pero esa semana en la iglesia, la mujer fue directamente a su banca y se sentó a su lado! Cuando Bonnie la llamó al día siguiente, la mujer rompió en un llanto de gratitud. Esa noche ella se mudó.
A medida que compartieron el espacio de la cocina y aprendieron más una de la otra, rápidamente se hicieron amigas. Y qué bendición fue cuando unas semanas después, la pandemia del Coronavirus cerrara el país. Juntas encontraron compañía en lo que podría haber sido un período muy solitario.
¡La nueva amiga de Bonnie fue uno de esos buenos y perfectos regalos de Dios que casi no fue recibido!
¿Qué regalos de Dios puedo agradecerle hoy?
Querido Dios, no quiero ser tan corto de vista como para no ver todo lo que haces por mí. Por favor, hazme consciente todos los días de tus dones. Gracias por tu bondad y generosidad. En el nombre de Jesús oro, Amén.