por Margaret Michel
Pues como el mancebo se casa con la virgen, se casarán contigo tus hijos; y como el gozo del esposo con la esposa, así se gozará contigo el Dios tuyo.
Me encantan las bodas.
Coordiné eventos de bodas y disfruté mucho asistir a ellas. Hay anticipación, anhelo y esperanza. Hay amor, belleza y alegría. De hecho, incluso los matrimonios más decepcionados suelen comenzar con una boda hermosa, sin importar lo simple que sea. Me encanta la frescura en los nuevos comienzos.
En el comportamiento del novio, por lo general percibo los hitos que ya ha recorrido para llegar a este punto. Es el elegido entre muchos rivales, me imagino. Su desafío ahora es enfrentar un futuro desconocido con audacia y valentía.
Sus ojos están fijos en la entrada donde aparecerá su futura novia. Nunca falla, siempre hay una chispa, un destello en sus ojos cuando llega su amada.
Y cuando la ceremonia culmina y ella ya es su esposa ¿es un hecho? Qué júbilo, y qué alivio lo inundan.
El versículo de hoy se asoma al corazón de Dios. Revela que, así como amo las bodas, el Dios del universo también está enamorado de mí. Él aprovecha cada oportunidad para probar su amor, a pesar de los muchos contendientes por mi tiempo, compromiso y atención. Él anhela que yo también lo ame y acepte su propuesta de amor para siempre.
Lo imagino esperando, ansioso, anhelando que mi respuesta sea “Sí”. ¡Creo que Él también ama las bodas!
Dios está listo para un compromiso eterno conmigo. ¿Qué, impide, de mi parte, un compromiso total con Él?
Querido Jesús, “¡Sí!” Señor, “¡Sí!” Realmente quiero un amor para siempre contigo. Gracias por alegrarte por mí. Eres todo para mi. En tu nombre oro, Amén.