por Heather Tietz
Humillaos pues bajo la poderosa mano de Dios, para que él os ensalce cuando fuere tiempo.
Las semillas deben asumir un estado de humildad para poder crecer.
Son enterradas en estiércol y materia orgánica podrida y se aplastan para protegerlas de la luz del sol. Allí, en la oscuridad y el silencio, se suavizan. Las partes dentro de ellas que solo habían conocido la quietud se despiertan. Cuando se rinden en la más humilde condición, cobran vida.
Quizás la iglesia de Dios es como un jardín de semillas.
Hemos sido plantados en tierra fértil. Diariamente, nos enraizamos en la Palabra de Dios, en Jesús. A veces nos rodean elementos desagradables: facturas, niños caprichosos, cuerpos disfuncionales. Por desagradables que se sientan, quizás, como esas pacientes semillas de jardín, los elementos desagradables son en realidad lo que necesitamos para nutrir nuestro espíritu.
A veces no podemos comprender cómo las tormentas y las sequías podrían estar trabajando para hacernos crecer (o a quienes nos rodean). Sin embargo, estamos al cuidado del Gran Jardinero. Él sabe lo que hará crecer un espíritu fuerte y sano.
Un día seremos levantados. Un día asomaremos la cabeza desde nuestra tenue perspectiva hacia la luz del sol. Un día tendremos una visión de todo el plan de Dios y del hermoso jardín que Él ha estado organizando todo el tiempo.
¿Cuál es el evento más reciente en mi vida que me hizo cuestionar el cuidado de Dios? ¿Cómo respondí?
Santo Dios, acepto tu control sobre las circunstancias de mi vida. Confío en ti. Ayúdame a humillarme y a crecer lo mejor que pueda donde estoy plantado. En el nombre de Jesús oro, Amén.