por Margaret Michel
Diciendo en alta voz: Temed á Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida; y adorad á aquel que ha hecho el cielo y la tierra y el mar y las fuentes de las aguas.
¡Qué fácil es para mí perder de vista a Dios en medio de las cosas de la vida!
Sin embargo, la potente voz del Espíritu Santo resuena a través de mi conciencia, llamándome a enfocar mi atención en Dios, de hacerlo el centro de mi vida y de resaltar sus deslumbrantes virtudes a los demás.
Todos los días, muchos contendientes compiten por mi tiempo limitado, mis intereses y mi atención. La vida con sus feroces y multiples tareas de lo excesivo y lo mundano puede estar tan llena como un escenario de tres pistas. Compromisos, responsabilidades, temas críticos y personas invaluables, todos claman por mi atención.
A diario, interactúo con aquellos que están gravemente enfermos. En algunas ocasiones, resuelvo poner mi tiempo de adoración personal en segundo plano para enfrentar lo que parece ser una muerte inminente.
Luego, me doy cuenta de que siempre me arrepiento de esas decisiones.
Sumido en el diario trajinar, encuentro que nada es más importante que enfocarme en Dios, someterme a Él y hacerlo el centro de mi vida.
Entonces todo lo demás decrece, dándole la gloria. Con Dios resplandeciendo en el centro del escenario, reconozco su valía para estar al frente como lo más importante de mis pensamientos, de mis decisiones, de mi vida.
Esto, además, es mi adoración.
¿Cómo puedo hacer que mi adoración sea más honesta, ferviente y sincera?
Dios santo, te entrego la total atención de mis pensamientos, toda la fuerza de mi servicio y el compromiso completo de mi tiempo. Quiero que el centro de mi atención siempre seas tú. Quiero hacer resplandecer tu bondad para que todos la vean. En el nombre de Cristo oro, Amén.