por Beatrice Jean-Baptiste
Y en él estáis cumplidos, el cual es la cabeza de todo principado y potestad.
Me desperté llorando.
Las lágrimas comenzaron a fluir cuando mi dolor escapó de mi cuerpo. “Estoy sola. No tengo amigos”, le sollocé a mi esposo.
“Me tienes a mí y a los niños”, respondió.
Y aunque su declaración era cierta, había una punzante sensación de rechazo y aislamiento en mi corazón. No tenía amigos cercanos ni parientes que vivieran cerca. Me sentía sola y esa mañana me desperté llorando y sintiendo que no quería seguir.
A lo largo de la mayor parte de mi vida, siempre tuve un grupo de amigos. Pero como ama de casa, vivía aislada y la rutina diaria de ser madre me estaba agotando. Necesitaba un gran avance, así que hice lo único que sabía hacer: clamé a Dios en desesperación para que me diera amigos. Él me dio a Jesús, el Amigo más grande de todos.
Mientras estaba ocupada quejándome de mi falta de amigos, mi Biblia estaba cerrada y mi vida de oración era inexistente. Anhelaba la atención de la gente porque en el fondo estaba vacía y la respuesta a mi soledad solo podía encontrarse en la plenitud de Dios. Descubrí que el verdadero gozo y realización provienen de una relación amorosa con Jesús. Siempre que te sientas solo, recuerda que tienes un Amigo en Jesús.
¿Cómo lidio con la soledad? ¿Cómo podría una profunda relación con Jesús aliviar mi soledad?
Amigo celestial, gracias por colmarme. En tiempos de soledad, tu presencia llena mi corazón de alegría y de consuelo. En el nombre de Jesús oro, Amén.