por Beatrice Jean-Baptiste
Oye, hijo mío, la doctrina de tu padre, Y no desprecies la dirección de tu madre: Porque adorno de gracia serán á tu cabeza, Y collares á tu cuello. Hijo mío, si los pecadores te quisieren engañar, No consientas.
Cuando yo era niña, mis padres utilizaban las oportunidades cotidianas como lecciones de enseñanza.
Mi papá siempre decía: “Lo que no te gusta, no lo des”. Era su versión de la Regla de Oro que se encuentra en Mateo 7:12, centrada en el principio de reciprocidad.
Mi madre, por otra parte, solía compartir un proverbio cultural con una lección moral.
Como no venimos con un manual de instrucciones, Dios coloca estratégicamente personas especiales a nuestro alrededor para ayudarnos a navegar por los embrollos de la vida.
En el primer capítulo de Proverbios, el rey Salomón comparte perlas de sabiduría con su hijo para asegurarse de que siga el camino correcto. Salomón anima a su hijo a escuchar. Escuchar va más allá de oír. Escuchar nos permite interiorizar mensajes de verdad. La sabiduría nos permite aplicar esos mensajes a nuestras vidas. Al hacerlo, podemos crecer en nuestra comprensión de Dios y del mundo que nos rodea.
Crecer en sabiduría no es accidental; es un proceso intencional. La sabiduría no surge por casualidad. Es una elección cotidiana asimilar las enseñanzas de la Biblia cuando un niño sigue las instrucciones de sus padres.
Adoptar un estilo de vida arraigado en la sabiduría divina permite que la sabiduría te adorne como una corona sobre la cabeza, deslumbrante ante la vista de todos.
¿Cómo puedo adoptar un estilo de vida de sabiduría?
Querido Dios, por favor concédeme sabiduría desde lo alto. Permite que la sabiduría se convierta en parte de mi identidad para que mi vida te dé honor y gloria. En el nombre de Jesús oro, Amén.