por Darla Noble
Tuve angustia, invoqué á Jehová, Y clamé á mi Dios: Y él oyó mi voz desde su templo; Llegó mi clamor á sus oídos.
Con la ayuda y el apoyo de mi familia, pasé varios años cuidando a mi abuela, que padecía Alzheimer.
La abuela era una de mis mejores amigas. Aunque sufría de una enfermedad horrible, cuando se trata de contar mis bendiciones, esos años fueron de los mejores de mi vida. Como siempre dijo la abuela: “Nosotras somos dos guisantes en una vaina”.
Como atender a los enfermos y heridos no era uno de mis dones, oraba todos los días por fortaleza y sabiduría para hacer lo necesario y lo mejor para esta mujer que era mi mejor amiga. ¡Y Dios vino a mí en formas grandes y poderosas!
Sin embargo, lo más importante fue la oración que hice sin cesar. Cada día. Le dije a Dios que con mucho gusto haría cualquier cosa que Él necesitara de mí por la abuela, pero que necesitaba que Él hiciera algo por mí durante este “proceso”. Necesitaba de Él para estar segura de que la abuela siempre me conociera — que nunca dejara de saber quién era yo. Jamás.
Escuchó mi angustioso clamor y mi pedido de auxilio. ¡Y Dios fue BUENO! Me bendijo por mi fidelidad a la abuela y a él.
Él también te escucha. Levanta tu voz hacia Él, clama con temor, con ira o con angustia. Dile cómo te sientes. Luego pídale que te ayude a sanar.
¿Qué necesito que Dios haga en mi vida? Clamaré a Él en mi angustia y le pediré su dirección hoy.
Gracias, Dios, por escuchar mi clamor. Gracias por preocuparte. Por escuchar. Por responder. Por amar. En el nombre de Jesús oro, Amén.