por Sarah Fuste
De cierto, de cierto os digo, que el que guardare mi palabra, no verá muerte para siempre.
Mi padrastro es el tipo de persona que cumple su palabra.
Si te ofrece prestarte $1000, te prestará $1000. Si dice que estará allí a las 8:00, estará a las 8:00. Cuando dice que odia el cilantro, sospecho que siempre odiará el cilantro. Es una persona que cumple sus promesas, y quienes lo conocen saben que su palabra es la pueden dar por cumplida.
Guardar la palabra de Jesús es otra historia.
Todos nos hemos topado con nuestros intentos de obedecer los mandamientos de Cristo. ¿Cómo perdono al amigo que me ofendió profundamente? ¿Cómo me podría relajar como una flor en el campo sin preocuparme por el mañana? ¿Cómo es que amo a mi enemigo?
La palabra de Jesús es extensa. Se adentra en los rincones más profundos de nuestras mentes y corazones, exigiendo algo más que un simple cambio de comportamiento, llamándonos a convertirnos en alguien diferente por dentro, alguien que responda como Él respondería, que ve como Él vería, cuyas reacciones naturales son guiadas por el Espíritu.
Esto no es posible a través de nuestros mejores esfuerzos, pero requiere esfuerzo. La hermosa y esperanzadora verdad es que puedo aprender de Jesús, y cuando le pido que haga la obra en mi corazón, puedo comenzar a cumplir su palabra.
Puedo aprender a obedecer a medida que Él me transforma desde adentro.
¿Cuál es un área de mi vida en la que necesito que Dios me cambie desde adentro?
Querido Jesús, por favor enséñame a guardar tu palabra, no solo en mis acciones sino también en mi corazón. Oro en tu nombre, Amén.